La PGR presume las capturas pero no ha dado cuenta de los hechos en que los delincuentes no fueron arrestados
Los dejaron ir. Aunque de sus capturas hay fotos, se dieron conferencias de prensa y hasta las autoridades de todos los niveles las celebraron como triunfos oficiales en la guerra contra el narcotráfico. A algunos se les detuvo con armas, en enfrentamientos o persecuciones, a otros con cargamentos de droga o bien con dinero proveniente del narcotráfico. Pero el hecho es que en al menos seis casos diferentes, personas acusadas de narcotráfico quedaron en libertad y ni la Procuraduría General de la República (PGR), ni el Consejo de la Judicatura Federal (CJF) u otras autoridades, tienen o dieron alguna explicación.
Cada uno de los seis casos revela que hasta ahora no hay abierta o en curso investigación alguna sobre cómo ocurrió la liberación de Sergio Peña Mendoza, El Concorde, Jorge Luis López Priego, Juan José Vázquez Marín, El Orejón, los tres acusados de pertenecer al grupo criminal de Los Zetas. Pero igual sucedió con el presunto integrante del cártel de Tijuana Omar Fernando Hidalgo, La Barbye, o el sicario "fantasma" de La Familia Michoacana, Ricardo Montelongo Soriano, y el piloto colombiano ligado al cártel de Sinaloa que transportó cinco toneladas de cocaína, Carmelo Vázquez Guerra.
Documentadas, las historias de estos seis narcotraficantes dan cuenta de una serie de irregularidades, acciones misteriosas que en algunos casos aún no tienen un final. Sin embargo, el hilo conductor de la vida de algunos de estos hombres es reincidir en sus actividades delictivas, incluso en sitios remotos como Guinea-Bissau. Lo cierto es que _según información oficial_ en ninguno de los casos de libertades inexplicables hubo sanciones dentro de la cadena de responsabilidad en el ámbito del Ministerio Público de juzgados federales o estatales.
Fuga y ejecución
Del caso de Sergio Peña Mendoza, El Concorde, el tercer hombre en el mando de Los Zetas, capturado el 14 de marzo de 2009 y liberado en algún momento antes del 20 de enero de 2010, nadie quiere hablar, pues su inesperada ejecución en las calles de Reynosa, Tamaulipas, desató una escalada de violencia que tiene a poblaciones enteras de esa entidad y de Nuevo León en un estado de zozobra, al grado de que en las zonas de conflicto se viven noches enteras de balaceras, enfrentamientos en lugares públicos, ejecuciones o levantones.