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MIERCOLES, 10·MARZO·2010

Viaje al pasado de la cultura oriental

El lugar ideal para alejarse del occidente y de la "contaminación espiritual"

Maestro y discípulo budistas del monasterio Karchu Dratsang. La espiritualidad y el silencio del entorno contagian a los visitantes, quienes tienen oportunidad de meditar

En Bután se combinan terapias holísticas de inspiración asiática con diagnóstico para mejorar hábitos de vida de los visitantes

La propuesta es un viaje de una semana y la oportunidad de visitar un lamasterio para quienes busquen contagiarse de espiritualidad

Algunos hoteles tienen un gusto exquisito, al integrar con naturalidad la estética local. Un retiro para la mente, cuerpo y alma.

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Pocas esquinas quedan en este planeta en las que, como ocurre en Bután, todavía se puede parar en seco la vida a la carrera que impone el mundo occidental. Conocido por sus habitantes como la tierra del dragón del trueno y por muchos de sus admiradores como el último Shangri-Lá, este reino del Himalaya, encajonado entre los gigantes chino e indio, ha permanecido cerrado a cal y canto al resto del mundo hasta hace tres décadas. De alguna manera todavía lo está; más por deseo de sus gobernantes que por el blindaje natural que le proporciona su orografía.
Sólo la línea aérea nacional conecta el aeropuerto de Paro, el único del país, con un puñado de ciudades asiáticas; el viajero que desee dejarse hipnotizar por sus paisajes y su espiritual forma de vida apegada a la tradición y a la filosofía budista tendrá obligatoriamente que desembolsar de antemano una tasa de entre 165 y 240 dólares al día con, eso sí, el alojamiento básico, las comidas y el transporte incluidos, amén de un guía que les ayude a descifrar las claves de este país en plena transición del medievo a la sociedad de Internet y la conquista espacial. El requisito es uno de los muchos que impone el gobierno para ahuyentar el turismo masivo y preservar la identidad de sus habitantes, que por ley están obligados a vestir el traje nacional.
Bután, que hasta la década de los sesenta no contó con electricidad, carreteras o coches, ha sido también el último país del planeta en permitir la televisión, y sólo hace cuatro años el rey Jigme Singye Wangchuck abdicaba en favor de su hijo mayor para sentar las bases de una transición hacia la modernidad, convirtiéndose en la democracia más joven del mundo al celebrar, a finales del año pasado, sus primeras elecciones.
Bután es un país humilde y agrícola, feudal en muchos aspectos, aunque a cambio anda sobrado de templos centenarios posados en lo alto de fenomenales riscos, de aldeas intactas entre los bosques que cubren tres cuartas partes de su geografía, de valles y arrozales y de una naturaleza emocionante sobre la que ondean las banderas de plegaria. Por no mencionar el curioso "Índice de Felicidad Interior Bruta" que, para complementar el clásico medidor de la renta per cápita, acuñó el anterior rey.
Semejante paréntesis en el mundanal ruido da pie a emprender insólitos trekkings para avistar pájaros, orquídeas o plantas medicinales o para atreverse con caminatas más duras y a mayor altitud en las que escasean los turistas y las infraestructuras, pero también para retirarse a meditar, sin renunciar a la menor comodidad, instalado en alguno de los hoteles de lujo del puñado que atesora el país, donde entregarse a unos días o semanas de yoga y a terapias holísticas con las que reequilibrar cuerpo y mente, en un entorno empapado de espiritualidad.
En la gastronomía de Bután se utilizan mucho los chiles picantes, la carne de yak y cerdo, y arroz, que es parte de la dieta cotidiana. El plato nacional es el ema datse, con brotes de chile en salsa de queso.


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