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LUNES, 8·FEBRERO·2010

Estrés innecesario

Dr. Felipe de J. Triay Peniche

Por: Dr. Felipe de J. Triay Peniche

Normalmente, cuando pensamos en un trastorno por estrés postraumático nos remitimos a personas que vivieron un evento estresante, los suficientemente importante como para cambiar sus vidas, que les provoquen angustia incapacitante, tenga conductas evitativas y sobre todo que los "flashbacks" o recuerdos instantáneos se presenten de manera involuntaria y prácticamente paralicen momentáneamente la vida de alguien.
Eso sin duda lo hemos escuchado o leído anteriormente, pero ¿cómo seria un caso de trastorno por estrés postraumático? Trataré de de clarificar la sintomatología con el siguiente ejemplo.
Este es un paciente que llegó al consultorio a solicitud de un amigo en común, ya que a pesar de todos sus esfuerzos no lograba retomar sus actividades cotidianas. Un día ("el peor de mi vida"), me contaba el paciente, acepté tomar unas cervezas con unos conocidos y, como usualmente pasa, después de la primera viene la segunda y cuando nos damos cuenta sentimos tener la misión de acabar con el alcohol del mundo.
Sin embargo, la economía en muchos casos restringe esa delicada misión, pero nunca falta alguien que este dispuesto a compartir sus oraciones al dios Baco o Dionisio, gesto tomado como una muestra de solidaridad, amistad, hermandad, unión y otros calificativos que con su sola mención son capaces de borrar cualquier duda que pudiéramos tener acerca de quien generosamente nos ofrece compartir esas bebidas espirituosas. Dicho paciente sucumbió, sin ofrecer mucha resistencia, a dicho ofrecimiento y comenzó a departir con gente prácticamente desconocida, con costumbres, expresiones emocionales, respuestas a estímulos, condiciones económicas y morales totalmente distintas a las nuestras y cuya "amistad" estrecha y momentánea es sostenida débilmente por la unión que produce el alcohol.
Todas esas reflexiones las pudimos hacer posteriormente, al escuchar la historia que cambió su vida. En esa ocasión, después de verse con los bolsillos vacios y con la sed intacta, se encontraron con un conocido lejano, quien estaba con la misma sed que ellos, pero con los bolsillos capaces de soportar la culminación de la fiesta.
Sin muchas preguntas o condiciones abordaron su vehículo con la intención de comprar licor e irse a algún lugar apartado para continuar bebiendo sin ser molestados. Todos estuvieron de acuerdo, el lugar escogido fue una "aguada", lugar poco visitado e ideal para seguir departiendo, conforme se consumían las botellas y los roles entre gente distinta cuya unión en ese momento es únicamente el alcohol.
La persona que estaba invitando las bebidas sacó un arma con la finalidad inicial de mostrarla y presumir sus habilidades con la misma, situación que al principio fue festejada por los concurrentes, quienes con tal de agradar y seguir consumiendo el alcohol gratuito le echaban todo tipo de piropos al arma y al portador de la misma, elogiando sus supuestas virtudes en el manejo de la misma. Dichos halagos combinados con el alcohol provocaron que el dueño del arma exigiera una muestra fehaciente de la amistad que en ese momento se estaba gestando.
La prueba consistía en permitir que el propietario del arma dejara un cartucho en la recámara y al azar apretara el gatillo en la cabeza de todos los contertulios. Quizá fue el alcohol, quizá la valentía, quizá la confianza, aunque más probablemente la estupidez, lo que permitió que dicho juego comenzara con los resultados imaginados: en un santiamén uno de los compañeros cayó inerte, posterior a la detonación provocada por el accionar del gatillo.
La imagen se quedó muy grabada: la cabeza del compañero destruida y el cuerpo en el suelo, las miradas de todos y, posteriormente, la huida y el intentar convivir con esos recuerdos, una situación verdaderamente difícil.
"Cerraba los ojos y veía todo, no podía dormir, esperaba que llegara alguien a detenerme", confirmó el paciente.
Finalmente, al poco tiempo se descubrió todo y, lógicamente, se deslindaron responsabilidades legales quedando el paciente exculpado legalmente, pero marcado para toda su vida.
Además, había que vivir entre reproches y amenazas por parte de los deudos del caído, arrepentimiento frecuente y estéril por las decisiones que tomó ese día, acoso por parte de la familia del asesino para aceptar una versión que exculpara a quien estaba en la cárcel.
Pero, además, vivía con constantes autorreproches por exponer a su esposa e hijo a una situación innecesaria, llanto frecuente, insomnio, recuerdos, incapacidad laboral, social, funcional, apuros económicos y todas las vicisitudes imaginables por haber tomado una mala decisión.
"Lo peor era tener esas imágenes en mi mente, revivir (lo ocurrido), ver su cráneo destrozado y sentirme culpable", revela el paciente.
Con el transcurso de las sesiones y el apoyo farmacológico el paciente intenta retomar su vida, aunque sabe que después de una mala decisión ya nada será igual. Mi meta para él es que sea mejor.
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