Por: Carlos Escoffié Duarte
Texán de Palomeque es una pequeña población del estado de Yucatán de poco menos de tres mil habitantes. Como cualquier comisaría del municipio de Hunucmá, no figura en los mapas y la información que uno puede encontrar en Internet es escasa y, en su mayoría, gira en torno a la hermosa hacienda que ocupa el 20% del pueblo, según mis cálculos.
El nombre de esta comunidad ha figurado un par de veces en la prensa, ya sea como zona aledaña al territorio contemplado para el polémico proyecto de un nuevo aeropuerto (el cual terminó abortándose) o con pequeñas columnas acerca del rumor entre los vecinos que aseguraban haber visto a una mujer-loba merodeando por las calles. Fue en ese pequeño y discreto universo del interior del Estado en que conocí a doña Isabela.
Nunca la había visto, lo cual era extraño después de tres años de visitar el pueblo cada sábado. Solía convivir con muchas de las señoras como parte del apostolado que realizaba ahí, pero fue hasta los últimos días en que tuve el gusto de conocerla.
Ella se había sentado en las bancas del parque con un grupo de vecinas con las que platicaba. Tan pronto como comenzó la misa, todas se dirigieron a la iglesia, con excepción de doña Isabela, quien comenzó a platicarme un poco de todo: sobre sus hijos, la calentura de la más chica, que no lograba hacer que coma, que el otro era muy terco y tantos otros etcéteras que ocuparon el tiempo completo de la misa.
Fue entonces cuando se me ocurrió comentarle que se me hacía raro el hecho de no haberla visto antes a la hora de la tertulia en el parque, como a la mayoría de las señoras del pueblo. Me respondió, con un semblante de inconformidad en su mirada: Es que mi esposo no me deja salir de la casa desde hace seis años. Si bien era frecuente en Texán conocer casos de mujeres sometidas al yugo tiránico de sus esposos, donde la violencia física era un común denominador, me fue difícil creer el sentido literal de su respuesta. ¿Seis años encerrada en su propia casa? Dejando a los cantos de entrada y el discurso del padre a la distancia en un segundo plano, doña Isabela comenzó a relatar su historia.
Fueron seis años en los que no pudo salir más que al solar (o patio) para tender la ropa y alimentar a los animales. Sin poder hacer amistades, ni poder realizar más actividades que las del hogar, doña Isabela esperaba cada noche a un marido que casi siempre llegaba en estado de ebriedad. A veces me deja salir, pero sólo al molino para comprar las tortillas (el cual se encontraba justo en frente de su casa), pero a veces, porque no le gusta que salga.
Pero lo que hizo que aquella conversación fuese inolvidable llegó con la explicación de qué hacía en el parque aquél sábado: harta de vivir enclaustrada por tantos años, comenzó a escaparse de su casa por las tardes mientras su marido se encontraba trabajando (o embriagándose) en Hunucmá. Empezó con unas visitas esporádicas al molino, que no duraban más de cinco minutos. Era entendible, después de tanto tiempo en el encierro, salir de la casa era una tentación que implicaba romper con la autoridad máxima. Un sacrilegio, como Eva probando el fruto con el temor de ser vista por el Señor.
Después de un par de semanas de escapes furtivos se aventuró a visitar el parque del pueblo, que es el principal punto de encuentro de los vecinos, por estar rodeado por la iglesia, la hacienda, la comisaría y la casa de don Evelio, famoso por arreglar tricitaxis y bicicletas.
Doña Isabel me contaba emocionada de las amistades que había hecho en sólo dos semanas de justa traición a las órdenes de su marido. Se le veía contenta de estar frente a aquellos columpios que no había visto por seis años, desahogándose conmigo, un completo extraño.
De tanto escuchar a la gente hablar sobre la celebración del pasado lunes, me fue imposible no acordarme de aquella tarde en que escuché esa historia en Texán de Palomeque.
Para evitar decir lo que ya se ha dicho (desgraciadamente, se habla mucho en el Día Internacional de la Mujer, pero se queda ahí, en lo que se habló), dejaré que el lector saque sus conclusiones de esta pequeña experiencia que hoy comparto.
Tres años después recuerdo su testimonio y me impacta con la misma fuerza. Lo último que recuerdo que me dijo fue: "Estoy muy feliz ahora, porque ya tengo amigas y puedo salir a ver el parque. Siento que al fin estoy conociendo el mundo". Epílogo: el nombre del personaje principal de esta historia ha sido cambiado por respeto a su vida privada. kalycho_escoffie@hotmail.com