HEREJÍA POLÍTICA
No se discute la cantidad, sino la calidad. A diferencia de 2006, no está en cuestión el resultado numérico de la elección presidencial y se asume que Enrique Peña Nieto, señalado como ganador de la contienda en los cómputos distritales del Instituto Federal Electoral, fue quien efectivamente contó con el mayor número de votos en las urnas. El punto es otro: cómo obtuvo dichos votos en un contexto de inequidad, excesivo gasto y acusaciones de financiamiento paralelo con procedimientos de lavado de dinero y recursos de procedencia ilícita, así como de compra y coacción del voto. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolverá si en virtud de tales anomalías, trampas e irregularidades la elección presidencial cumplió con los perceptos constitucionales y, en consecuencia, debe considerarse válida o, en su defecto, convocarse a nuevas elecciones. Pero, en cualquier caso, se ha puesto en el centro de la reflexión nacional la calidad de la democracia mexicana y eso podría significar una oportunidad para retomar la ruta de la transición e incluso llevarla más allá del ámbito electoral.
La alternancia no trajo el salto democrático que con merecido optimismo en ese entonces se avisoraba. Al contrario, no sólo se perdió impulso, sino que hubo estancamiento y, en algunos rubros, evidente perversión y retroceso. Los poderes fácticos se fortalecieron, los gobernadores adquirieron poderes metaconstitucionales casi absolutos en sus territorios y la compra de votos fue escalando a grados de desvergüenza inusitada. Si acaso sólo se avanzó -y de manera insuficiente- en el rubro de la transparencia. La reciente elección presidencial condensó ese proceso de deterioro que tendría como corolario el regreso del PRI a Los Pinos con un proyecto eminentemente restaurador. Pero aún si el TEPJF no tuviera la estatura para invalidarla, el partido del viejo régimen no llegaría como pensaba hacerlo. En esa caso se encontraría sin mayoría en las Cámaras, con la izquierda fortalecida, la gente en las calles, una opinión pública informada, crítica y relacionada por redes sociales y un presidente debilitado que de entrada carga con el señalamiento de “impuesto”.
El camino de la restauración autoritaria quedó maltrecho y transitarlo sería muy costoso e incierto para el PRI y sus aliados, así como funesto para el país. Sólo queda una ruta de reconciliación y salida a la crisis: la de la democracia.
Sin duda que es esencial revertir la tendencia convertida en normalidad electoral de buscar ganar “haiga sido como haiga sido” y establecer medidas que garanticen el juego limpio y pongan parejo el terreno de la competencia. Pero un régimen democrático es mucho más que juego limpio en los comicios. Hay que evitar que la Televisión vuelva a fabricar y promover candidatos afines a sus consorcios, que se hagan encuestas con el objetivo de hacer propaganada y no de informar, que se rebasen los topes de campaña, que haya fianciamiento paralelo con recursos de procedencia ilícita y mediante procedimientos de lavado de dinero, que se compre y coaccione el voto, en fin, evitar que la trampa premie. Sin embargo, todo ello será insuficiente si no se ve a la democracia de manera integral y más allá del proceso emblemático de la emisión del sufragio para distribuir el poder.
Democracia implica desconcentración del poder, que haya equilibrios y contrapesos, y que ningún poder particular esté por la vía de los hechos encima del que ejerce el Estado. En ese sentido es crucial combatir los monopolios y las reglas no escritas que fortalecen desproporcionadamente los poderes, lo mismo de gobernantes que de consorcios privados. Todos debe estar sometidos a la ley y se deben acabar los privilegios. La correcta distribución de la riqueza también es necesaria para la vida democrática, pues en la pobreza ésta no puede florecer. Por lo mismo, es fundamental que haya educación de calidad para todos los estratos sociales.
La democracia no sólo es procedimiento y estructura institucional, también es cultura y ella implica respetar el derecho a discrepar, que haya diálogo respetuoso y tolerante en la pluralidad, negociación y acuerdos a la luz del día y sin actitudes vergonzantes. También requiere que las decisiones sean en la medida de lo posible colectivas y colegiadas, más que caprichosas y unipersonales. Sin duda, todo ello sería más fácil de establecer en un régimen parlamentario, pero si se insiste en mantener el presidencialismo, entonces urge establecer la segunda vuelta para favorecer la construcción de mayorías estables en las Cámaras que sean capaces de hacer reformas de gran calado en alianza con un presidente que cuente con el respaldo de la mayoría y no de una tercera parte de la población como actualmente sucede.
El reto es convertir el riesgo de regresión autoritaria en oportunidad para recuperar el camino de la transición democrática y, a diferencia de lo que ocurrió con la alternancia, esta vez no desperdiciarla. Esa es mi apuesta.